Quiero compartir con vosotros esto que escribí hace meses, en un momento difícil, porque creo que es una situación en la que alguna vez os podéis encontrar, y aborda una temática que sucede demasiado a menudo, como es el “qué pasa con un perro cuando desaparece su tutor”. Creo que habrá más artículos sobre esto, porque tiene bastante chicha.

Momentos de tristeza

(Pamplona, 23 de mayo 2019)

Día 3 después de uno de los acontecimientos familiares más tristes de mi vida.

Ahí está Tai. Acaba de perder a su gran amiga, que tanto se ha desvivido por él. Eran uña y carne, y Tai era un alivio

Ahí está Tai, saludando a todo el mundo, donándome sus pelitos para que yo no eche de menos a los míos.

Salimos a “hacer pis juntos” antes de ir a la iglesia. Cogemos el caminito de detrás de su casa y Tai, que no ha bebido agua en horas, sólo hace un chorritín de nada. Pero me va dirigiendo.

Llegamos al punto donde están unos amigos que yo no conozco. Saludamos. Le llaman y le acarician.

Con tristeza le digo “hale, Tai, chiqui, hay que volver”

Nos damos la vuelta, pero él se para y se gira, mirando a los perretes que juguetean libres.

“Hale Tai, vamos chiquitín” .

No lo he dicho: Tai es un apuesto labrador rubio de 4 años y medio.

Me mira, mira hacia atrás, pero no se mueve.

Le doy tiempo.

“Ey, Tai, vamos colegilla”, le animo. No quiero tirar de la correa, pero no volvemos.

Finalmente Tai viene. Se para varias veces a olisquear y hacer amagos de pis.

Espero.

Seguimos, pero se para en una de las entradas a la calle anterior a la que hemos tomado para llegar al caminito: “ah, vale, vamos por ahí”.

Llegamos a su calle y se para, clavado en el suelo.

Le animo pero no tiene ganas de volver a casa.

Me agacho a su lado…unas caricias…un ratito…y vuelvo a animarle a venir.

Finalmente viene.

Vuelve a pararse y mirar hacia varios lados. Parecería que la está buscando, o eso es lo que a mí me gusta pensar.

“Hale chiqui, que vamos a llegar tarde”.

Vemos aproximarse e irse al enorme grupo de gente desde la casa hacia la iglesia. Mi hermana trae mis cosas, que estaban allí: “te están esperando para cerrar ya”. Es decir, para cerrar la casa con Tai dentro para irnos al funeral.

Finalmente Tai se anima y llegamos a la casa. Mi hermano me había estado llamando para decirme que se iban ya a la iglesia, pero me había dejado el móvil allí. Me aseguro de que tiene agua fresca disponible y lo dejamos descansando.

No hay problema. A Tai no le apetecía en ese momento volver a casa. Yo tampoco conocía si ellos tenían una ruta determinada a esa hora y decidí que Tai necesitaba un tiempo para relajarse después de todo el día con su casa llena de gente.

En ese momento llegar puntual a la Iglesia, para mí y seguro que mi prima habría pensado igual, no era prioritario.

¿Os imagináis cómo habría sido la escena si yo no hubiera tenido la paciencia y la consideración de ese momento de “tiempo muerto” que necesitaba Tai para salir del follón de su casa esos días?

Cuando suceden estas pérdidas, los humanos nos concentramos en nuestra propia tristeza y en la de los humanos más allegados  a la persona fallecida, normal. Pero tendemos a olvidamos de esa figura que tanto dependía de nuestro desaparecido y que no entiende qué está pasando: su perro.

Ellos también necesitan un tiempo para asimilar que su referencia, su persona favorita, repentinamente no está.

perro llorando a su dueño

Es un cambio muy brusco para ellos también. Es como si de la noche a la mañana mi mayor referencia en este mundo, la persona que más quiero, ha desaparecido y, como ocurre en la mayor parte de las veces, mi lugar seguro, mi casa, ya no lo es y me llevan a otro lado que no conozco, probablemente con personas que no conozco. Repentinamente, mi entorno seguro desaparece.

En este caso, Tai estaba un poco descolocado, pero lo estaba gestionando muy bien.

Sin embargo, se avecinan cambios. Tendrán que mudarse y la va a echar de menos.

Por fortuna Tai es un perro muy querido y va a estar bien atendido.

Como él hay muchos perros que pierden a sus humanos y se enfrentan a situaciones cambiantes sin comerlo ni beberlo. Y aunque nuestra pena es mucha, muchísima, excluirlos del proceso de duelo es un gran error. Ellos también pasan su duelo. Su persona de referencia no está. “Por qué hay tanta gente en casa. Que son muy majos, pero llevan ya dos días y estoy cansado. Tengo ganas de hacer mi vida de nuevo. Y ¿por qué venimos aquí? No, no, yo quiero volver a casa con mi gente”.

Para muchos, además, comienza un largo vagar por protectoras o casas de acogida o, directamente a la perrera y adiós.

En realidad este artículo es, a parte de un desahogo para mí, un llamamiento más para ponernos en los zapatos del otro, sea humano o no.

Un perro es un mamífero, como tú y como yo, social por naturaleza y, como tal, comparte una larga lista de emociones con nosotros. La tristeza es una de ellas.

Los perros también se deprimen y, en este tipo de circunstancias, cuando existía un buen vínculo perro-humano, puede ser muy común.

Si alguna vez te toca hacerte cargo del perro de alguien que acaba de fallecer, tenlo en cuenta.

  • Dale tiempo para que lo asimile, no es fácil.
  • Tampoco se trata de estar todo el día encima, también hay que darles espacio.
  • Puede que esté más apático o, por el contrario, que el estrés que le genere la nueva situación le supere.
  • Estate atento a sus señales.
  • Y siempre, siempre, puedes consultar con un profesional para que te ayude a entenderle y a hacerle la vida más fácil para que salga felizmente del bache.

Pensar que la vida sigue y que para los que quedamos aquí siempre podemos buscar una solución, es lo que cuenta.

Y si alguna vez has vivido una situación parecida, en la que tú o alguien cercano a ti se haya tenido que hacer cargo de un perrete huérfano de humano, me encantaría que la compartieras con nosotros: ¿cómo paso?; ¿cómo crees que lo vivió el perro?, ¿bien o mal?; ¿quién se hizo cargo finalmente del perro?; ¿crees que está bien ahora?

Cuéntamelo en los comentarios.

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